Hoy, ayer y siempre, el 2 de abril será recordado como el día del aniversario de la muerte de Juan Pablo II. Un 2 de abril del año 2005, a las 21.37 de aquel sábado lluvioso, mientras miles de fieles rezaban por él bajo la ventana de su habitación, el Papa Juan Pablo, el hombre polaco, con su voz cortada por una traqueotomía, anunciaba: 'Déjenme ir a la Casa del Padre'.
Para los católicos un Papa Santo, el primer Papa polaco y eslavo de la historia. Un Papa contemplativo, misionero. Fue el primer Papa que visitó una iglesia luterana (Roma, 1983), el primero que pisó una sinagoga (Roma, 1986) y el primero que entró en una mezquita (Damasco, 2001) y oró en su interior. También fue el primero que mantuvo un encuentro con una comunidad musulmana (Casablanca, Marruecos, 1985). El Pontífice que se acercó a otras religiones y pidió perdón por los pecados de la Iglesia. El Papa que luchó contra el capitalismo de los países desarrollados, la figura clave que pidió el derrumbre del Muro de Berlín, el Papa que convocó un encuentro interreligioso por la paz mundial, con representantes cristianos, musulmanes y árabes, y acudió a rezar frente al muro de las lamentaciones con palestinos e israelíes en sus visitas a Tierra Santa.
Para los no católicos uno de los personajes más influyentes de la historia, un hombre santo, un hombre capaz de mover los corazones de las personas. Un hombre viajero (realizó 104 viajes fuera de Italia, visitó 129 países, recorrió 1 millón doscientos mil kilómetros, o lo que es lo mismo, 29 veces la vuelta al mundo, y más de tres veces la distancia entre la Tierra y la Luna, y no precisamente para hacer turismo...) tendiendo la mano allá donde la necesitasen. Uno de los grandes filósofos del siglo XX, un pensador, un hombre de cultura. Una personalidad influyente en todos los ámbitos de la sociedad. Un hombre comunicador: 14 encíclicas, 15 exhortaciones, 11 constituciones, 44 cartas apostólicas y 4 libros le avalan. Un hombre defensor a ultranza de los derechos humanos, la paz y el diálogo en el mundo.
Y permítanme también: un hombre valiente, un hombre sin temor ante nada, con dos pares. En 2003 se convirtió en uno de los más fervientes opositores a la guerra de Irak, enviando cardenales a Bagdag y Washington intentando evitar hasta el último minuto la operación militar. Mientras, algunos pedían su jubilación porque, según decían, ya no sabía lo que hacía, como que ya chocheaba... Él seguía reuniéndose con sus jóvenes (aún recuerdo aquella explanada en Cuatro Vientos, un millón de jóvenes esperando la llegada de Juan Pablo II, un millón de jóvenes provenientes de todas las partes del mundo), seguía viajando, realizando su labor, teológica, humana, espiritual, la que hiciera falta, a católicos de todo el mundo, a creyentes de cualquier ideología, para los no creyentes. El propio Gorbachov, en una audiencia en Moscú, presentó al hombre polaco con estas palabras: 'Es la autoridad moral más importante de la historia'.
Su legado espiritual y humano no tienen comparación con nada. Su humanidad traspasó todos los límites conocidos.
La muerte de Juan Pablo II, la muerte del hombre Karol Wojtyla, fue una tremenda lección hacia todos. Murió en paz, con total serenidad. A su duelo acudieron representaciones de todos los países, de todas las ideologías, demostrando que no sólo había muerto el Papa cristiano, el sucesor de Pedro, sino más aún, se había marchado de nosotros una persona influyente, un auténtico líder mundial, un verdadero hombre.
¡¡¡¡ SANTO SUBITO !!!!
miércoles 2 de abril de 2008
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